domingo, 19 de noviembre de 2017

Escaramujo

¿Por qué la tierra es mi casa?
¿Por qué la noche es oscura?
¿Por qué la luna es blancura
que engorda como adelgaza?
¿Por qué una estrella se enlaza
con otra, como un dibujo?
Y ¿por qué el escaramujo
es de la rosa y del mar?
Yo vivo de preguntar,
saber no puede ser lujo.

El agua hirviente en puchero
suelta un ánima que sube
a disolverse en la nube
que luego será aguacero.
Niño soy tan preguntero,
tan comilón del acervo,
que marchito si le pierdo
una contesta a mi pecho.
Si saber no es un derecho,
seguro será un izquierdo.

Yo vine para preguntar
flor y reflujo.
Soy de la rosa y de la mar,
como el escaramujo.

                                 Soy aria, endecha, tonada,
soy Mahoma, soy Lao-Tsé,
soy Jesucristo y Yahvéh,
soy la serpiente emplumada,
soy la pupila asombrada
que descubre como apunta,
soy todo lo que se junta
para vivir y soñar,
soy el destino del mar,
soy un niño que pregunta.

Yo vine para preguntar
flor y reflujo.
Soy de la rosa y de la mar,
                                 como el escaramujo.








jueves, 16 de noviembre de 2017

Conciertos apócrifos

Desde varios países nos vienen llegando noticias de ventas de supuestos conciertos míos, a veces incluso nombrando a personas que trabajan conmigo.

Estamos dispuestos a tomar las medidas que corresponden a actos delictivos de esta naturaleza.

A los interesados en mis actividades, sean admiradores o empresas, recomiendo que, antes de tomar decisiones, siempre se informen con:


Lamentando que esta comunicación sea necesaria, aunque siempre con el gusto de saludarles,

Silvio Rodríguez Domínguez.

martes, 14 de noviembre de 2017

¿Para dónde vuelan los flamencos?

Por Giraldo Mazola

Ser fidelista no es una desviación de la teoría marxista. Es ser marxista, martiano y tener una confianza infinita en la genialidad de un dirigente -de los que nacen cada cien años y que nuestra generación tuvo la suerte de coincidir con él- y de participar bajo su guía en la gesta definitiva de la redención de la patria.

Esa confianza se va materializando y consolidando poco a poco, mediante sus acciones cotidianas, sus análisis, su estilo de encontrarse siempre en la primera línea de cualquier combate contra enemigos o desastres naturales.

No se trata de una aceptación superficial de las decisiones o criterios del jefe sino la convicción de que sus opiniones a veces soñadoras, -pues un revolucionario siempre debe soñar-, aún cuando no se comprendan en su dimensión al principio, después advertimos que mientras nosotros habitualmente vemos facetas inmediatas de una situación, generalmente él suele apreciar aspectos de más largo alcance.

Recuerdo muchas ocasiones en las que yo estaba sumergido en la cotidianidad y Fidel además de apreciarla se proyectaba a cuestiones perspectivas donde ese problema perdía su dimensión  para ceder el espacio a las de su perspectiva.

Hay infinidad de anécdotas de esas ensoñaciones y de esa confianza en la visión de un futuro asequible cuando el camino presente parecía preñado de obstáculos insalvables. Raúl relata lo que sin dudas es el ejemplo cardinal de lo que digo al explicarnos el encuentro de ambos con el diezmado grupo que sobrevivió a la emboscada de Alegría de Pío, rodeados de miles de soldados  y su afirmación de que con ese exiguo grupo ganaríamos, como ganamos, la guerra que se iniciaba.

Además lograba contagiarnos de esa confianza en el porvenir pero educándonos a soñar y a analizar todas las circunstancias presentes y futuras. Lo percibí cuando René Rodríguez bajó de la sierra en 1957 para llevar al periodista norteamericano Mathews a aquella entrevista histórica y luego para hacerse cargo de los grupos de acción de la capital, quien venía permeado de esa forma de pensar y actuar que inculcaba Fidel.

Quiero referir mis recuerdos de un hecho ocurrido en Camaguey en la década del 70. Fidel impulsaba y supervisaba la ejecución de la infinidad de planes de nuestro desarrollo no únicamente con reuniones en la capital sino con recorridos frecuentes por el país. Eran un método muy práctico para constatar en el terreno su marcha y contagiar a todos sus ejecutores la fe necesaria para vencer obstáculos que parecían a veces insuperables. No acostumbraba a avisar con mucha antelación sus visitas ni a anticipar lo que se proponía recorrer o chequear. Al menos ese es el recuerdo que conservo de Camaguey.

En una ocasión advirtió casi una semana antes su visita y su interés por visitar las fábricas de fertilizantes y de cemento de Nuevitas, la playa de Santa Lucía y el Rectángulo Ganadero de Guáimaro.

Tomamos ante el aviso todas las medidas para revisar y controlar todo lo que estaba en nuestros proyectos de desarrollo y los fundamentales planes de la agricultura y la zafra.

Héctor Argilés, joven combatiente del 26 de julio de Regla que se incorporó a las FAR y llegó a ser el jefe de operaciones de la división 2350 que dirigía el comandante Rogelio Acevedo y era el ariete defensivo de la capital, era entonces el primer secretario del Partido en Nuevitas y se dedicó a revisar todo lo que estaba en su jurisdicción.

Nuevitas contaba en 1959 con apenas unos 10 mil habitantes y un puerto que solo trabajaba medio año en correspondencia con la producción de azúcar y unas pequeñas industrias locales. El desempleo reinaba y la pobreza caracterizaba esa bella ciudad camagüeyana. Del proceso de industrialización propuesto por el Che ya operaba la planta de electrodos y la de alambre con púas, el combinado industrial Esteban Lugo, la fábrica de cemento, la termoeléctrica 10 de Octubre y el complejo químico de fertilizantes. El puerto dejó de ser monoexportador de azúcar para convertirse en la tercera terminal marítima del país en carga general y en el puerto alterno del de La Habana, manipulando más de un millón de toneladas métricas de mercancías. Se le añadieron una base de almacenamiento de combustibles y otra de amoniaco en Pastelillo, por donde también se realizan exportaciones de cemento. Las seis unidades de la termoeléctrica aportaban más de 600 megawatts-hora. El coloso productor de fertilizantes garantizaba el abono nacional para los programas agrícolas cañero y de cultivos varios a diversas regiones. Este florecimiento de modernas industrias representó la capacitación de miles de hombres y mujeres de allí, de Camagüey y de todo el país para el funcionamiento de las grandes plantas y las operaciones portuarias. Surgieron miles de empleos en las importantes ramas industriales y portuarias, y en la construcción de presas, acueductos y viviendas, para garantizar el hábitat a las nuevas familias que el propio desarrollo promovió en la región. Detrás vinieron las inversiones sociales de escuelas de todos los niveles, politécnicos, aulas universitarias, policlínicos, un hospital con excelentes servicios médicos y de urgencia, casas de cultura, redes de comunicaciones, emisora de radio y un canal de televisión. Su población creció hasta más de 40 mil habitantes.

Cuando se produce esta visita de Fidel, apenas catorce años después el cambio era extraordinario.

Además del control de los datos de la siembra de caña y las reparaciones en los dos centrales del municipio, Argilés los visitó repetidamente para precisar la situación así como los proyectos de expansión citrícola de Sola, la construcción de caminos, la marcha de las fábricas de cemento y de generación eléctrica, los planes de vivienda y la siempre tensa situación del puerto.

Incluso fue personalmente a recorrer el primer pedraplén que hacíamos de alrededor de dos kilómetros para unir el cayo Sabinal, con 335 kilómetros cuadrados y 33 de playas -que fuera base de operaciones de corsarios y piratas y de leyendas de tesoros enterrados,- y la tierra firme que ejecutaba el Chino, Rolando Cabrera, combatiente del ejército rebelde, con una pequeña brigada de equipos viejos consistente en un par de bulldozers, varios camiones y un cargador. Recibía el reporte diario de la marcha de ese trabajo pero lo visitó un atardecer. Cuando marchaba con el Chino dentro del cayo se sorprendió con un ruido no conocido y el Chino le aclaró que a esa hora cientos de los flamencos de Santa Lucía volaban por encima de la bahía hasta las casimbas del cayo. Se pusieron a observar y vieron varias decenas que venía planeando bajo para descender en ellas.

Desde luego fue exhaustivo en la revisión de la situación de las fábricas de fertilizantes y cemento donde felizmente todos sus índices de producción marchaban bien y también de la playa de Santa Lucía. Allí si había un buen enredo. La construcción de la carretera asfaltada que la comunicaba con la capital marchaba a un ritmo aceptable pero no así el primer hotel y el campamento que edificábamos en la playa con constructores de la CJC. El primero tenía un atraso de más de cinco semanas que después de numerosos chequeos sólo era posible reducirlo muy poco por la ruta crítica de la obra.

En fin que esperábamos que nos costaría una buena reprimenda cuando el comandante constatara esto. Incluso algunos pensaban que el conocimiento del atraso era la causa de la visita.

Al fin llegó Fidel e inició en la mañana siguiente el recorrido anunciado acompañado de Raúl Curbelo y Jaime Crombet, primer y segundo secretario del Partido en la provincia y de Argilés. La visita a la fábrica de Fertilizantes y a la de cemento fueron muy positivas por las frases estimulantes que dijo a los colectivos de trabajadores. Percatándose de la satisfacción del Comandante por la visita a las dos fábricas y el diálogo con sus obreros, al salir de la de cemento Argilés le plantea: “Comandante quisiera de ser posible una ayuda suya,” y Fidel le responde enseguida preguntándole qué ayuda quiere y entonces le sugiere que sería recomendable pasar por algunas calles de Nuevitas para saludar a la población. Fidel le indica al chofer que tome por donde él le indique y así los carros pasaron por la calle principal y otras avenidas donde el pueblo al ver la caravana y percatarse que iba Fidel, empezaron a salir de las casas, los comercios, saludándolo con tal efusión que fue realmente impresionante.

Al concluir el recorrido Argilés le informó la marcha de la construcción del pedraplén a Sabinal y las dificultades motivadas por la situación de los equipos y el comandante le asignó, anotándolo en su libreta, varios equipos nuevos que llegaron una semana después y dieron un impulso decisivo a aquella obra.

Durante el trayecto a Santa Lucía fue apreciando la construcción de la carretera asfaltada que comenzaba a sustituir el pedraplén que ejecutaba con escasos equipos el entusiasta jefe de viales de la provincia Quiroga y que comenzaba a cambiar la imagen del acceso a la playa.

Santa Lucía, a 120 kilómetros de Camaguey, tiene una faja de arena fina de más de veinte kilómetros de playa arenosa de origen coralino y es después de Varadero la mayor potencial playa del país. El ancho promedio de la franja de arena es de quinde metros. Sus aguas son muy tranquilas, transparentes y de fondos arenosos ideales para el deporte náutico, la pesca superficial, la foto-caza submarina y los baños de mar. Una extensa y bien conservada barrera coralina, parte de la mayor del hemisferio occidental, se extiende paralela  a la costa a dos kilómetros de ella y limita las áreas para baños de mar.

Había entonces decenas de casas construidas por hacendados camagüeyanos y unas pocas edificaciones rústicas hechas después del triunfo de la revolución. El terraplén que lo comunicaba capital, que ahora se asfaltaba, estaba en mal estado y la carencia de instalaciones populares y de agua potable limitaba su disfrute por la población. Se iniciaba, con la carretera, ese primer hotel y la construcción de la presa Atalaya, la solución de esos problemas que darían facilidades para su disfrute.

La playa está limitada al sur por la más grande salina del país separada de la franja arenosa por la laguna natural El Real, poblada por el mayor conglomerado de flamencos rosados del país.

Frente al hotel en construcción, lo esperaba un grupo más nutrido. El jefe de la obra ofreció cifras y datos y explicó las causas del atraso donde en efecto incidían factores objetivos pero también muchos derivados de nuestra inexperiencia y deficiencias.

Fidel escuchaba atentamente la información mientras observaba el entorno. Dio algunos pasos a su izquierda y derecha. Casi finalizaba el jefe de la obra cuando lo interrumpió en voz baja: ¿Para dónde vuelan los flamencos?

Todos los presentes se miraron unos a otros y nadie tenía la respuesta para esta inesperada pregunta. Argilés en un extremo se adelantó un poco y para alivio de todos dijo: "Comandante, al atardecer vuelan muchos de ellos a través de la bahía para las casimbas del cayo Sabinal. Las vi hace poco cuando revisaba el trabajo del pedraplén” 

Fidel volvió a caminar mirando ahora hacia la laguna y comenzó a acercarse a los jeeps sin decir nada del atraso de la obra que nos tenía en vilo. Se detuvo y nos explicó a todos lo que me pareció después que era el motivo de su visita a ese lugar.

Con palabras más elocuentes y precisas que las que logro recordar dijo que Santa Lucía sería la playa de los trabajadores camagüeyanos y una de las orientales del norte de esa provincia.

Y ahí se remontó a pensar viendo ante sí lo que requeriría varios años materializar y que la mayoría de nosotros no veía con esa claridad sumergidos en los problemas difíciles de la terminación de las obras iniciales. Para ello tenemos que terminar la presa y la conductora que la abastecerá de agua potable, concluir la carretera que la une a la de Nuevitas y la que acabamos de comenzar, que irá por la costa norte. Aquí habrá que edificar una decena de hoteles pero no como este, tendrán que ser más verticales o extendiéndonos a lo largo de la playa para no reducir la capacidad de la laguna. Con lo que me dicen de los flamencos esto no los afectará y seguirán constituyendo un bello ornato para todos y una prueba del respeto que debemos brindar a nuestra naturaleza.

Hoy, treinta años después, muchos de aquellos sueños son realidades. Santa Lucía cuenta con cinco hoteles de categoría con más de 1 000 habitaciones y dos centros de buceo y deportes náuticos. 

sábado, 11 de noviembre de 2017

Mi hermano Vicente

Algo que siempre recuerdo son los ojos azules de Elsa Miranda, muy abiertos y fijos en los míos, apretándome los dos brazos y diciéndome “¡Tráemelo vivo!”, en vísperas de Angola. Pero desde muchos años antes su hijo Vicente era uno de los estudiantes más aguerridos de la secundaria. De todos nosotros era el que parecía un héroe y, a la vez, el más elegante, el único que casi siempre andaba en saco. Nunca pude explicarme cómo conseguía aquel balance entre muchacho de clase media y feroz combatiente.

Yo con dieciséis y él con quince, nos gustaban las mismas músicas, las mismas películas y a veces las mismas compañeras (cosa que nunca nos llevó a disgustos). Creo que la segunda vez que bebí en mi vida fue una noche que fuimos a un bar a escuchar a Los Astros, de Raúl Gómez, que por entonces tenían un número pegado en la radio. Después de un par de cubalibres salimos a coger la ruta 27 frente a Maternidad de Línea, y ya en su casa de la calle Neptuno tuve que subirlo en hombros por las empinadas escaleras. No se me olvida que Esther y Tata, sus inmortales tías, me dijeron horrores por llevarlo en semejante estado.

Cuando me desmovilicé de las FAR y volví a verlo, se debatía entre hacer canciones y graduarse de profesor de Física. Pero la bohemia acabó seduciéndolo (era demasiado tentadora) y aquel muchacho con portafolios se convirtió en el jipi más sangriento de su generación. Escribió las canciones más extremas que yo haya escuchado nunca, en las que era bala feroz, rompía monte encuero y llegaba a pedir que hundieran las manos en sus entrañas y experimentaran con sus vísceras. Cantando y prodigando generosamente su existencia, mi amigo Vicente se convirtió en una suerte de holocausto cotidiano que tributaba a un luminoso porvenir.

Se sabe que la vida no siempre premia la virtud con la justicia. Pero si este amigo tiene fama de algo entre sus compañeros --además de trovador irreductible-- es de nobleza humana. Y es que todos sabemos que él siempre ha sido el más dispuesto al sacrificio, verdadero cantor de barricadas, tantas veces no bien gratificado.

Para decir exactamente eso son estas palabras y esta entrada, para decir que, aunque en ocasiones falten honores, medallas y reconocimientos, sin duda existen dignidades ejemplares mucho más necesarias y ciertas que las que son de humo.

Felicidades en tus nobles 70, Vicente Feliú Miranda.

jueves, 9 de noviembre de 2017

De la muerte a la vida


Por David Rodríguez Rodríguez

Corría el mes de enero de 2008.

Una llamada telefónica, a eso de las diez de la noche de uno de esos  días, me despojó del sueño que trataba de rendirme. 
Era una invitación para realizar un recorrido que nunca pensé que  quedaría para siempre en mi memoria, debido al profundo impacto de  humanismo que generó.

Subí al auto de Lázaro Expósito Canto, a la sazón primer secretario del Partido en Granma y de entrada cometí una pifia, al preguntar hacia donde nos dirigiríamos. 
Él me dijo, eso no se pregunta. Ya te enteraras de eso y del objetivo de este recorrido, que pasó ampliamente en la media noche fría, muy  fría de entonces.

El vehículo se desplazó por la Avenida Francisco Vicente Aguilera y  pensé que estaríamos en pocos minutos en el Hospital Infantil o en la  fábrica de productos dietéticos. Pues no. El auto siguió rumbo al puente sobre el río Bayamo y a los  pocos metros torció hacia la entrada al cementerio de la ciudad, Monumento Nacional, y se detuvo ante su cerrada puerta de metal.

Ya ante la entrada, Lázaro llamó al custodio que estaba acostado sobre un banco de madera atravesado en la puerta y envuelto en una especie de frazada para guarecerse del frio. 
La puerta no se abría y Lázaro volvió a llamar, ya dando algunos  golpes sobre el metal con la intención de que alguien escuchara sus reclamos para que se abriera.

De pronto, una voz se escuchó desde el interior diciendo: "¿Quien coj…  esta jodiendo aquí a esta hora?". A lo que el Primer Secretario del Partido respondió: "Soy Lázaro  Expósito y quiero entrar al cementerio".


Como por arte de magia, la puerta se abrió y entonces pudimos entrar, siendo observados por aquel hombre que apenas pudo balbucear algunas  palabras, casi sin poder sostenerse sobre sus piernas. El alcohol lo había vencido y pasaba la resaca sobre aquel banco que le servía de cama, en su horario laboral, cuando debía estar atento a su trabajo.

De inmediato nos dirigimos hacia el final del cementerio, por su calle  central, oscura, enyerbada, dando una imagen deplorable para un sitio de tanto recogimiento, donde descansan nuestros familiares y amigos. Era tan deprimente la imagen, que Lázaro comentó: "Si me muero, aquí no me entierren, esto está muy sucio, feo y oscuro".

Tomó el teléfono y llamó al funcionario al frente de esa esfera, al que preguntó si estaba descansando. Este le respondió que estaba ya en su casa y Lázaro le dijo: "Y yo aquí haciendo tu trabajo. Aquí te  espero".


Llegó raudo, a tiempo para escuchar palabras muy fuertes, una crítica  basada en la objetividad de lo presenciado en el cementerio y que  justificaba el señalamiento. El funcionario escuchó sin interrumpir, al parecer tomó las señas de  lo escuchado y sólo preguntó qué hacía con el custodio, a lo que el  primer secretario del Partido respondió: "Edúcalo".


De allí salimos y pensé que todo había terminado. Otra pifia, pues el  auto volvió sobre su recorrido por la Avenida Francisco Vicente  Aguilera y entró al recinto de la funeraria de Bayamo. Nadie de los presentes, ni los dolientes ni los trabajadores esperaban tal visita, ya pasada la medianoche, pero allí estaba el Primer Secretario  del Partido en aquella invernal madrugada de enero.

Lázaro hablo con todos. Preguntó a los dolientes sobre la calidad del  servicio fúnebre y a los trabajadores acerca de las condiciones  laborales existentes en la funeraria. Inmediatamente se traslado a la cafetería ubicada en esa instalación,  comprobando la existencia de tazas para el café con las tazas partidas y la poca cantidad para la venta.

Volvió a tomar el teléfono y llamó al funcionario responable de esa esfera, al que le preguntó cómo podía dormir tranquilo con esa  situación en la cafetería, reclamando su presencia en el lugar de manera inmediata. 
El reloj marcaba la 1 y 30 am, y cuando nos disponíamos a  salir de la funeraria, una trabajadora de la fábrica de coronas lo invitó a visitarla y hasta allí fue para atender una queja vinculada con el salario.

Me dije: "Ya nos vamos". Pensando yo en que tenía que entrar a  trabajar a las cinco de la madrugada para preparar el programa Hoy en la Noticia, de Radio Bayamo, que se inicia a las seis de la mañana. Fue mi última pifia de la noche, ya ni preguntaría ni imaginaria más  el final de aquel recorrido que deparaba aun algunas sorpresas que hoy me satisfago de haber vivido.


Nuevamente a la Avenida Francisco Vicente Aguilera, seguimos por la  calle José Marti, Augusto Márquez, carretera central y el auto giró a la derecha: estábamos entrando al Hospital Carlos Manuel de Céspedes. 
Allí el punto inicial fue la morgue. Sabiendo lo que se hace en ese lugar, opté por esperar fuera de ese sitio, hasta que Lázaro culminara la razón de su estancia allí. No entré.

Al salir, seguimos en el hospital y entramos en la Maternidad del centro asistencial, recorrimos el recinto, se escucharon las voces de las mujeres, algunas por parir, otras ya siendo madres.


Al final, el Primer Secretario del Partido, Lázaro Expósito Canto, me  dijo: "David, ahora si terminamos: hemos hecho un recorrido de la muerte a la vida".

domingo, 5 de noviembre de 2017

De los catorce a los veinte

A fines de 1961, llegando de la campaña de alfabetización, por necesidad familiar empecé a trabajar en el Frisco Bar, que quedaba en la esquina de Oquendo y Pocito, detrás de la Compañía de Electricidad. Mi madre era la peluquera de la esposa del dueño, una señora vivaracha, y aquel buen hombre nos ofreció ayuda. Mi primer trabajo fue limpiar inodoros, suelos y mesas, incluso barrer las mugrosas aceras, pero al cabo de un mes me permitieron recoger pedidos y servirlos. Mi máximo nivel fue llegar a lunchero, donde conseguí una leve famita de hacedor de sándwiches cubanos. Trabajaba de lunes a sábado; empezaba a las 7 de la mañana y terminaba a las 7 de la noche. Mi sueldo era mi desayuno, mi almuerzo y mi comida, lo que significaba un alivio considerable para la economía de mi hogar.

Meses después, por consejo de mi padre, dejé el bar y llevé mis dibujos al semanario Mella, donde como se sabe me admitieron. Allí trabajaba de día y por las noches iba a la secundaria básica José Antonio Echeverría, en Manrique y San Rafael, antiguas Escuelas Pías de La Habana. Fue donde conocí a Vicente Feliú Miranda, que estaba en la sesión diurna pero participaba en todo tipo de actividades revolucionarias: lo mismo actuaba en una obra de teatro que metía arengas sobre el trabajo voluntario. Yo era de los comecandelas, como él, aunque un poquito más tranquilo. Aún así estuve entre los primeros estudiantes habaneros que con entusiasmo madrugábamos los domingos para vernos a las 4 en la escuela y allí esperar un transporte que nos llevaría hasta el central Hershey –después Camilo Cienfuegos–, a donde llegábamos con las primeras luces. Éramos portadores de un entusiasmo irrefrenable. Cuando llegábamos a los cañaverales un guajiro nos daba un mínimo-técnico de dos minutos y después, sabiendo que las muchachitas nos miraban, corríamos a destrozar los plantones, a ampollarnos las manos y a propinarnos algún que otro machetazo en las piernas.

Una personalidad de aquella etapa que me marcó fue la de Jesús Maceiras, un tipo largo y flaco, de un magnetismo extraordinario, sobre todo al hablar; no había tema en el que no fuera capaz de extenderse, siempre con suma lucidez. Me enseñó algo inolvidable y providencial: que se podía ir a las bibliotecas y pedir libros, para leer. Después descubrí que tenía una faceta mística, que también me sedujo. Con el tiempo llegué a sospechar que la usaba para llegar a donde a veces la razón no podía. Acabó de director de una escuela en el campo, en la Isla de la Juventud. Hace años supe que falleció.

En el Mella tenía un amigo de mi edad que escribía muy bien –después hizo una novela sobrecogedora, llamada Boarding Home, que recomiendo–. Este amigo era Guillermo Rosales. Él sabía que yo quería ser periodista y, en una ocasión en que le habían encargado un reportaje sobre los pescadores, me dijo que fuera con él y lo escribiera yo para, después de aprobado el trabajo, revelar que era mío. Así me nombrarían periodista.

Con ese plan salimos al amanecer de aquel sábado hacia Cojímar, donde siempre ha existido una base pesquera. Empezamos entrevistando a Gregorio Fuentes, que había sido patrón del yate de Hemingway. Después nos subimos a un barquito de 6 metros de eslora y partimos hacia el horizonte, a una zona de pesca mayor. Aquel día aprendí la técnica del palangre, que hay que irlo soltando con mucho cuidado, para no engancharse en un anzuelo. Pescamos sobre todo tiburones. No me gustó subirlos y caerles a batazos para que se murieran, aunque ya en la cubierta seguían siendo peligrosos, porque tiraban dentelladas.

El caso es que tuvimos un desperfecto en el motor y se nos hizo de noche tratando de arreglarlo. En aquellas horas la marea nos arrastró hacia afuera y por la mañana estábamos muy lejos. Al atardecer del domingo llegamos por fin a las inmediaciones de Santa Cruz del Norte, yo con fiebre alta, por insolación. Por entonces había lanchas piratas que venían de la Florida a tirotear los caseríos costeros, por eso cuando estábamos cerca los milicianos nos dispararon ráfagas. Pero amarramos una camisa blanca a un palo y así logramos desembarcar. En tierra nos detuvieron y estuvimos presos hasta que todo se aclaró. Por la insolación, tuve que guardar cama durante varios días, tomar medicinas e hidratarme. 

Cuando una semana después llegué al Mella, la administración entendió que al irme sin permiso había cometido una indisciplina y por lo tanto tenía que pasar un mes de castigo en una granjita, trabajando la tierra. Tiempo después me dije que lo mejor hubiera sido aceptarlo, pero en aquel momento no entendí que hubiera cometido una falta y renuncié. Al irme entregué mi carnet de militante de la recién fundada UJC, que me habían otorgado en asamblea, apenas unos días atrás.

Tenía 15 años y me concentré en terminar la Secundaria Básica. Pero repetí dos veces el 3er año, hasta que un profesor de matemáticas –alma encantada– se apiadó y me subió la nota para que pudiera graduarme. Entre aquellos avatares estudiantiles matriculé en la academia de artes plásticas San Alejandro, donde me destaqué un poquito en dibujo. También empecé a tomar clases privadas de piano con Amelita Fabre, en San Nicolás y San Lázaro, a 50 metros de donde unos años después viviría Noel Nicola.

Mi padre no estaba muy contento de verme en una escuela de pintura y estudiando piano, pensaba que lo "normal” era que entrara a un preuniversitario. Un día de 1963 me llevó hasta el comité militar de su cuadra y me inscribió en el Servicio Militar Obligatorio. Por el intercambio que tuvieron, me quedó claro que se había puesto de acuerdo con el oficial. Así que fui llamado a filas el 1º de abril (según Eliot el mes más cruel) de 1964, y entre miles de muchachos llegué al centro de recepción de Colinas de Villareal, donde nos pelaron al cero y nos hicieron un examen físico. Conservo mi historial médico y en la reseña de aquel día puede leerse: “No apto para las FAR, sí para el Servicio Militar Obligatorio”. Todavía me pregunto el trasfondo de aquel veredicto.

Si una institución cubana ha tenido razón de ser, esa es las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Tras el derrocamiento de Batista, nuestro destino natural hubiera sido el de un pueblo pacífico y trabajador, pero ciertos vecinos habían sido cómplices de anteriores gobiernos y nos consideraban su traspatio. Por lo tanto se dedicaron a realizar todo tipo de agresiones y zancadillas a la joven Revolución, para que no pudiéramos realizar nuestro sueño de país soberano y próspero, mucho menos a través de una concepción socialista. 

En general no tengo malos recuerdos de mi vida de soldado. En el ejército aprendí mucho de lo humano. La parte insoportable era el encierro obligatorio; la interesante, ver a tanta gente con el mismo propósito (aunque mediaran armas). Resultaba humillante recibir 7 pesos de sueldo y también tener que usar aquella tirita azul que diferenciaba al recluta del soldado "normal", pero empecé siendo muy disciplinado. Esta actitud consciente me ganó la ojeriza de mis compañeros e incluso de mis superiores. Por supuesto, aprendí la lección y me fui convirtiendo en un tránsfuga, al punto que tuve que chapear montes y lomas, por atravesao y contestón. Llegué a cumplir días de calabozo. Perdí la cuenta de las veces que prometieron mandarme para las UMAP. Pero alcancé a realizar dos proezas que considero únicas: en una exploración me lancé de un helicóptero en marcha, con un R-105 a la espalda, y quedé encajado hasta el cuello en el fango. La otra fue fugarme de mi unidad durante seis días consecutivos. Cuando decidí regresar, me despedí de mi familia como si me esperara una cadena perpetua, pero llegué y nadie había notado mi ausencia.

En el ejército tuve ángeles guardianes, como el teniente Oscar Azúa, e hice amigos hasta la muerte, de los que me quedan algunos. Fue mi vida durante tres años y tres meses que pude haber pasado estudiando, aunque fueron escuela de otra forma. Todo el tiempo propio de que dispuse lo dediqué a leer y a aprender la guitarra. Los últimos tres meses volví a cortar cañas en el central Camilo Cienfuegos antiguo Hershey, el mismo de aquellos jubilosos años de Secundaria Básica, lo que ahora cumpliendo con un requisito indispensable para la desmovilización. Por entonces ya estaba loco por largarme, pero me afectó el momento de entregar el uniforme.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

¡ABAJO EL BLOQUEO!

NACIONES UNIDAS. – Una vez más, y por 26 ocasión consecutiva ante la Organización de las Naciones Unidas, se oyó el reclamo de la Isla en aras de eliminar el bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos.
En voz del canciller cubano, Bruno Rodríguez, se denunció que esa política, aplicada aplicado por Washington desde hace más de medio siglo constituye una violación flagrante, masiva y sistemática de los derechos humanos de los cubanos.
Asimismo, insistió en que transgrede el Derecho Internacional y representa un acto de genocidio, porque busca la asfixia económica de un pueblo y rendirlo por hambre y desesperación.
«Resultan incalculables los daños humanos que ha producido la aplicación de esta política. No hay familia cubana ni servicio social que no sufra las privaciones y consecuencias del bloqueo. La emigración cubana sufre también discriminación y perjuicios», advirtió.
De acuerdo con Rodríguez, el bloqueo constituye el mayor obstáculo para el desarrollo económico y social de la isla y para la implementación del Plan Nacional, en línea con la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible.
Se trata del principal escollo para el desarrollo de las relaciones económicas, comerciales y financieras de Cuba con los Estados Unidos y el resto del mundo, subrayó.
El canciller puso en la sesión de la Asamblea General ejemplos concretos del impacto del cerco en sectores clave para cualquier nación, en particular la salud de la población.
En su discurso, afirmó que cálculos realizados de forma rigurosa por instituciones cubanas, cifran las pérdidas causadas por el cerco estadounidense en cuatro mil 305 millones de dólares, entre abril del 2016 y abril del 2017.
Rodríguez recordó además que en junio pasado, el presidente norteamericano, Donald Trump, anunció su política hacia la isla, centrada en el bloqueo y su endurecimiento como eje central, pese al rechazo mundial y dentro de su propio país a esta hostilidad.
«En un discurso anticuado y hostil, propio de la Guerra Fría, y ante un auditorio compuesto, entre otros, por rancios batistianos, anexionistas y terroristas, el gobernante estadounidense retomó gastadas alegaciones sobre supuestas violaciones de los derechos humanos en Cuba para justificar el fortalecimiento del bloqueo», precisó.
Al respecto, sentenció que Trump no tiene la menor autoridad moral para cuestionar a Cuba.
«Preside un gobierno de millonarios destinado a aplicar medidas salvajes contra las familias de menos ingresos y los pobres de este país, las minorías y los inmigrantes. Sigue un programa que alienta el odio y la división. Pregona un peligroso excepcionalismo y supremacismo, que disfraza de patriotismo y que provocará más violencia»', dijo.
El diplomático criticó otros males de la sociedad estadounidense, acentuados bajo la nueva administración, incluyendo la corrupción de la política, la falta de garantías de educación, salud y seguridad social, las restricciones a la sindicalización, y la discriminación de género.
De igual manera, consideró que merecen condena el uso de la tortura, el asesinato de afroamericanos por la policía, las muertes de civiles por sus tropas, el uso indiscriminado y racialmente diferenciado de la pena de muerte, y la represión y vigilancia contra los migrantes.
El canciller de la mayor de las Antillas afirmó en la Asamblea General que su país jamás renunciará a construir una nación soberana, independiente, socialista, democrática, próspera y sostenible.
Persistiremos, con el consenso de nuestro pueblo y el compromiso patriótico de los más jóvenes, en la lucha antiimperialista y en defensa de nuestra independencia por la que ya han caído decenas de miles de cubanos y hemos corrido los mayores riesgos, como demostramos en Girón y frente a todas las amenazas, aseveró.
Rodríguez convocó a la comunidad internacional a respaldar en la Asamblea General de la ONU el proyecto de resolución sobre la necesidad de poner fin al bloqueo estadounidense.
«En la actual coyuntura, este texto cobra especial relevancia frente al retroceso que significan las acciones del nuevo gobierno de los Estados Unidos contra Cuba», afirmó. (PL)

Fuente: http://www.granma.cu/mundo/2017-11-01/persistiremos-con-el-consenso-de-nuestro-pueblo-y-el-compromiso-patriotico-de-los-mas-jovenes-01-11-2017-13-11-49